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Caso real: estrategia de pacing en gravel

Un caso real de estrategia de pacing gravel para regular el esfuerzo, comer a tiempo y llegar con piernas al tramo decisivo de carrera.

Caso real: estrategia de pacing en gravel

La carrera se decidió mucho antes del último puerto. En una prueba gravel de 145 kilómetros y 2.400 metros de desnivel, un corredor amateur llegó al punto más duro del recorrido con buenas piernas, mientras muchos rivales que habían salido por delante empezaban a caminar. Este caso real de estrategia de pacing gravel muestra por qué el ritmo no consiste en ir despacio, sino en elegir dónde merece la pena gastar cada vatio.

El protagonista, al que llamaremos Dani, tenía experiencia en marchas de carretera y salidas largas, pero era su segunda competición gravel de más de cinco horas. En su primera prueba había cometido un error habitual: salir pendiente de los grupos rápidos, superar su intensidad sostenible en las primeras pistas y pagar el esfuerzo a partir de la cuarta hora. Esta vez cambió el plan.

El recorrido condicionaba toda la estrategia

La carrera combinaba 70 kilómetros iniciales de pistas rápidas, dos ascensos largos entre los kilómetros 75 y 115, varios repechos rotos y un tramo final de terreno ondulado con viento lateral. Sobre el papel, la primera mitad invitaba a rodar fuerte. En la práctica, era la parte más peligrosa para perder la carrera.

Dani estimaba terminar en unas seis horas. Su referencia de potencia para esfuerzos largos estaba en torno a 210 vatios de umbral funcional, aunque sabía que en gravel los números no se interpretan como en una subida regular de asfalto. Hay cambios constantes de superficie, trazadas, baches, viento y aceleraciones para no perder una rueda. Por eso no planteó una carrera de potencia fija, sino un conjunto de límites y prioridades.

La idea era sencilla: mantener la intensidad controlada al principio, permitir picos breves cuando la situación lo exigiera y reservar capacidad física y mental para los dos puertos finales. No buscaba ganar tiempo en todos los sectores. Buscaba evitar pérdidas grandes cuando las piernas de otros empezaran a fallar.

Sus referencias antes de la salida

Durante las semanas previas, Dani había entrenado tiradas de cuatro y cinco horas con bloques a ritmo constante, practicando además la alimentación sobre terreno irregular. Llegó con tres referencias claras: no sostener más de 155-165 vatios en las primeras pistas, limitar los picos en las subidas iniciales y consumir carbohidratos desde la primera hora.

También dejó de mirar la velocidad media como indicador principal. En gravel, una velocidad alta puede venir de un tramo favorable, de una rueda rápida o de gastar más de la cuenta. La potencia, la sensación de esfuerzo, la frecuencia cardiaca y el tiempo de carrera ofrecen una lectura mucho más útil cuando se combinan.

Caso real de estrategia de pacing gravel: los primeros 70 kilómetros

La salida fue rápida. En los primeros diez kilómetros, varios grupos aceleraron para colocarse antes de una pista estrecha. Dani aceptó hacer un esfuerzo algo superior al previsto durante menos de dos minutos para evitar un tapón, pero en cuanto el terreno se abrió volvió a su rango. Esa distinción fue clave: un pico breve y táctico no es lo mismo que convertir la primera hora en una persecución.

Alrededor del kilómetro 25, un grupo de unos veinte ciclistas mantenía un ritmo que le permitía rodar a rueda con poco gasto. Dani se integró, pero no se dejó llevar cuando las aceleraciones superaban su plan. En vez de responder a cada cambio de ritmo, eligió volver a su cadencia y enlazar con otros corredores si se abría un corte.

Perdió contacto con el grupo principal en una zona de falso llano tras una curva de grava suelta. Fue una decisión incómoda: durante varios minutos veía cómo el grupo se alejaba. Sin embargo, mantuvo una potencia estable y evitó entrar en una persecución individual contra el viento. A los 15 kilómetros, parte de esos ciclistas reapareció. Algunos habían gastado demasiado relevando y otros habían tenido que reducir el ritmo para comer.

La lección no es que haya que dejar escapar cualquier grupo. Si una rueda permite ahorrar energía y el ritmo encaja con tu capacidad, merece la pena pelear por ella. Pero si para conservarla necesitas trabajar por encima de tu límite durante demasiado tiempo, el supuesto ahorro puede convertirse en una deuda que cobrarás más tarde.

Comer antes de tener hambre

En estas primeras dos horas, Dani tomó 70-80 gramos de carbohidratos por hora entre bebida, geles y barritas blandas. No esperó a llegar a los puertos. En gravel, el avituallamiento no siempre coincide con el momento en que puedes comer con calma, y una pista técnica puede impedir abrir un envoltorio o beber durante varios minutos.

Su pauta era práctica: pequeños sorbos frecuentes y una toma energética cada 20-25 minutos. En el calor, añadió sales según sus necesidades y rellenó los bidones sin detenerse más de lo imprescindible. La estrategia de pacing también se alimenta. Un ritmo perfectamente calculado no sirve si el depósito empieza a vaciarse a mitad de prueba.

La parte decisiva: subir sin competir contra el terreno

El primer ascenso largo llegó con casi tres horas de carrera. La pendiente media no era extrema, pero alternaba rampas del 12% con descansos y sectores de piedra suelta donde la tracción obligaba a elegir línea. Dani no trató de clavar una cifra exacta de potencia. En las rampas más duras permitió picos cortos, procurando que no se convirtieran en esfuerzos de varios minutos por encima de su capacidad.

La clave fue bajar una marcha antes de que la pendiente lo obligara, mantener una cadencia sostenible y no levantarse de forma repetida sobre zonas donde la rueda trasera patinaba. Cada pérdida de tracción suponía un golpe de fuerza extra y, muchas veces, una aceleración para recuperar la inercia.

En la cima no atacó. Aprovechó el terreno favorable para beber, tomar un gel y recuperar una respiración más controlada. Esta decisión puede parecer conservadora, pero le permitió iniciar el segundo puerto con energía. A esas alturas, otros participantes ya pedaleaban a tirones: apretaban en cada rampa, se detenían en los descansos y volvían a forzar. Ese patrón es caro cuando aún queda una hora larga de competición.

El último puerto: cuando el pacing se convierte en ventaja

En el kilómetro 108, Dani llegó al ascenso más duro con una frecuencia cardiaca elevada, pero estable. No se sentía fresco, nadie lo está tras más de cuatro horas, pero conservaba capacidad para decidir. Empezó el puerto a un ritmo que parecía demasiado moderado respecto a varios corredores cercanos.

Durante los primeros diez minutos, tres ciclistas le adelantaron. Dani no respondió. Se centró en respirar, mantener la rueda trasera pegada al suelo y seguir comiendo. Pasado el ecuador de la subida, alcanzó al primero. Después al segundo. El tercero había comenzado a caminar en una rampa especialmente rota.

No fue una remontada espectacular por una subida de potencia repentina. Fue el resultado de haber evitado una acumulación de esfuerzos innecesarios durante cuatro horas. En el tramo final, cuando el terreno permitió rodar con más fluidez, sí aumentó progresivamente el ritmo. Ahí estaba su margen real.

Este es un matiz relevante: una buena estrategia no obliga a contenerse hasta meta. Si has llegado al último tercio con combustible, hidratación y piernas funcionales, puedes competir. El error es confundir agresividad final con agresividad permanente.

Qué puede aplicar cualquier ciclista gravel

No hace falta competir con potenciómetro para extraer valor de este caso. Quien lo use puede establecer rangos de potencia y vigilar que los picos no se repitan sin control. Quien no lo tenga puede trabajar con percepción de esfuerzo, respiración y frecuencia cardiaca. Si al inicio de una prueba larga apenas puedes hablar, probablemente vas demasiado rápido para el tiempo que queda.

Conviene estudiar el perfil con una pregunta concreta: ¿dónde se pueden perder más minutos? No siempre es en el puerto con mayor desnivel. Puede ser una pista expuesta al viento, una bajada técnica que llega con fatiga o un tramo final sin opciones de avituallamiento. El pacing debe responder al recorrido, no a una fórmula universal.

También hay que asumir que una carrera gravel cambia. Un pinchazo, barro, calor o un grupo inesperadamente rápido pueden modificar el guion. Tener un plan no significa obedecerlo de forma rígida. Significa disponer de referencias para no tomar decisiones impulsivas cuando el cuerpo y la competición aprietan.

La próxima vez que prepares una prueba del calendario, no pienses solo en cuánto puedes apretar. Piensa en qué parte del recorrido quieres seguir siendo ciclista cuando los demás ya solo estén intentando sobrevivir.

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